Ajuy en Fuerteventura – Donde el tiempo aprendió a olvidar
Hay lugares en Fuerteventura que se resisten al turismo masivo con una dignidad silenciosa. Ajuy – también conocido como Puerto de La Peña – es uno de ellos. Quien recorre la carretera FV-621 desde Pájara hacia el oeste y ve cómo a los ocho kilómetros el asfalto desemboca en un puñado de casas encaladas, lo intuye: aquí no solo termina la carretera, aquí termina también un mundo.

El pequeño pueblo de pescadores de la costa oeste de Fuerteventura se encuentra en la desembocadura de un amplio valle que se extiende desde la antigua capital, Betancuria, hasta el mar. Con apenas 96 habitantes (datos de 2024), Ajuy es uno de los lugares habitados más pequeños de la isla – y a la vez uno de los más auténticos.
Un puerto que escribió historia
Quien pasea por Ajuy pisa tierra que hollaron conquistadores. En el año 1402, dicen las fuentes, Jean de Béthencourt y Gadifer de La Salle utilizaron precisamente esta zona costera como punto de desembarco – aquellos caballeros normandos que tomaron posesión de Fuerteventura en nombre de la Corona española. Béthencourt declaró el puerto su base de operaciones.
El puerto en sí se construyó algo al norte del pueblo, en la costa rocosa. Con él creció la importancia de Ajuy. Hasta bien entrado el siglo XIX se embarcaba desde aquí cal con destino a las demás islas canarias – extraída a lo largo de una veta calcárea de unos 15 kilómetros. Los antiguos hornos de cal, que aún hoy se alzan junto a las instalaciones portuarias, cuentan mudamente el final de esa era. Erosionados, marcados por la sal y el viento, son un monumento de piedra al cambio.
Con el auge de Puerto del Rosario como ciudad portuaria económica, Ajuy fue perdiendo importancia desde mediados del siglo XIX. El pueblo quedó sumido en el aislamiento. Durante mucho tiempo sin ninguna infraestructura – hasta 1986 se conectó a la red de agua y electricidad. Un detalle que lo dice todo.

El pueblo, los pescadores, el mar
Hoy el pueblo de Ajuy está marcado por pequeñas casas de pescadores. Sus fachadas blancas brillan con la luz de la tarde del sol poniente, mientras el Atlántico golpea con fuerza indómita contra las oscuras rocas de lava en este rincón de la isla. La pesca en Ajuy no es un vestigio romántico – es presente vivo.
En los meses de verano, cuando el Atlántico es comparativamente clemente, las coloridas barcas de pesca descansan en las playas cercanas o se deslizan con sosegada regularidad por el mar. Se ven hombres remendando redes, se oye el crujido de la madera y la cuerda. Pero cuando llega el invierno y las olas alcanzan alturas que imponen respeto, los barcos desaparecen – en garajes, cobertizos, tierra adentro.

Playa de los Muertos – La playa de los muertos
La playa junto al pueblo lleva un nombre que no se olvida fácilmente: Playa de los Muertos. Debe su sombrío nombre a los numerosos ataques de piratas que en su día comenzaron aquí. Piratas que llegaban del mar, desembarcaban en estas orillas y asaltaban el interior.
Hoy la playa es un lugar de belleza escarpada. Arena oscura, rocas negras, el aliento incesante del mar. Uno se queda allí y siente que este tramo de costa no promete comodidad – pero sí un encuentro con la naturaleza en bruto de Fuerteventura, como jamás encontrarás en las playas turísticas de la costa este.
Atención: A lo largo de toda la costa de Ajuy hay que meterse al agua con extrema precaución y vigilar siempre el oleaje. Las corrientes son traicioneras y el Atlántico aquí impredecible.
Caleta Negra – Cala negra, cuevas vivas
Quien sigue el camino costero un poco más hacia el norte llega a la Caleta Negra – una cala de arena negra de belleza casi irreal. Aquí la erosión y el oleaje han trabajado durante milenios esculpiendo caprichosas formaciones de cuevas en la roca volcánica. Algunas de estas cuevas son barridas por el agua del mar con la marea alta; otras son transitables, aseguradas con barandillas, e invitan a adentrarse en el interior de la isla.
Uno entra y de repente se encuentra en otro mundo: la luz cae en ángulo a través de grietas en la roca, el rumor del mar reverbera en las paredes. Quien visita las Cuevas de Ajuy comprende por qué los geólogos las llaman algunas de las rocas marinas más antiguas de las Islas Canarias – con más de 700 millones de años.

Restaurantes de pescado y percebes – comer con vistas al mar
Quien sienta hambre tras el paseo por las cuevas encontrará a lo largo de la playa y en el propio pueblo varios restaurantes de pescado en Ajuy que ponen en el plato lo mejor del Atlántico: pescado fresco del día, mariscos, sencillez a alto nivel. El rumor del mar forma parte del sonido de cada comida.
La especialidad del lugar son los percebes – esos cirrípedos que se arrancan de los techos de las cuevas marinas. Quien los ha probado una vez entiende por qué son tan codiciados: una experiencia marina intensa y yodada que no admite apenas elaboración. Pero los percebes se han vuelto escasos, su recolección laboriosa y arriesgada – lo que se refleja en el precio. Una delicia que se disfruta con conciencia.

Fiesta de San Juan – fuego en la Playa de los Muertos
Una vez al año el silencioso Ajuy se transforma en un lugar de luminosa exuberancia. El 24 de junio el pueblo celebra la Fiesta de San Juan – una de las fiestas populares más antiguas y emotivas de las Canarias. A lo largo de la playa se encienden hogueras, la gente salta sobre las llamas para ahuyentar los malos espíritus, y el Atlántico proporciona el escenario para una noche que aúna magia, tradición y comunidad.
Cómo llegar a Ajuy
El acceso a Ajuy pasa por el pueblo de Pájara. Allí se sigue en el cruce el cartel que se desvía a la derecha hacia la costa – carretera FV-621 – y a los 8 kilómetros se llega al pueblo. Un breve trayecto por un paisaje que se vuelve más árido y abierto con cada kilómetro, hasta que el mar aparece en el horizonte.
Conclusión: Ajuy – el lado más auténtico de Fuerteventura
Ajuy en Fuerteventura no es un destino turístico en el sentido clásico. No hay animación, ni complejos hoteleros, ni tumbonas de alquiler. Lo que sí hay: historia, silencio, naturaleza en bruto y la honestidad sin filtros de una vida de pescador que apenas ha cambiado a lo largo de los siglos. Quien visita Puerto de La Peña regresa con una imagen de Fuerteventura que cala más hondo que cualquier playa de arena – y que dura más.



